De mi a nosotros: Llevando el racismo de lo personal a lo estructural

Por Fernando Quintero

Durante una tarde reciente en BMSG, (Berkeley Media Studies Group por sus siglas en inglés) mis colegas y yo nos reunimos durante el almuerzo para ver y discutir un video sobre las causas de raíz de la mala salud. El video, con la Dra. Camara Jones, investigadora sobre equidad en la salud en el Centro para el Control y la Prevención de las Enfermedades, mostraba que una de estas causas es el racismo. También mostraba que si vamos a enfrentar el racismo, debemos ampliar nuestro entendimiento de lo que éste es de un  tema que es solamente acerca de actos individuales de discriminación a un asunto que es estructural – en otras palabras, uno que surge de decisiones y prácticas políticas que consistentemente le dan ventaja a algunos grupos por sobre de otros.

Esto es más fácil decirlo que hacerlo.

Justo en medio de la exploración por demás interesante de Jones sobre las conexiones del racismo con la salud, mi mente se extravió y experimenté un recuerdo de una fuerte experiencia de mi pasado. Fui transportado a mi salón de quinto año en la escuela Primaria Cantua Creek, una escuela de kindergarten a 8º grado que servía a la comunidad de campesinos en el Oeste del Condado de Fresno.

Yo estaba sentado en mi escritorio en la clase de ciencia. El nombre de mi maestro se me escapa, pero lo recuerdo como un hombre alto, delgado, calvo y afable. Y recuerdo haber sido el consentido del maestro, aunque no me puedo imaginar por qué ya que yo era terrible en las ciencias. En este día, yo tenía puesta una chamarra de mezclilla con una insignia dorada del UFW (Sindicato de Trabajadores Agrícolas Unidos, por sus siglas en inglés) que me había dado mi hermana, una ex organizadora sindical que me había empezado a llevar a reuniones para arriba y para abajo en el Valle Central. Era el principio de mi educación política y social, y recuerdo que estaba muy orgulloso de mi insignia.

Pero mi maestro sentía de manera diferente.

“Sólo porque tienes puesto esa insignia, no pienses que vas a recibir ningún trato especial aquí”, recuerdo que anunció enfrente de toda la clase. Justo ahí y en ese momento, dejé de ser su favorito. Me sentí avergonzado del hombre al que había admirado y del que había buscado apoyo y aprobación. Lo peor de todo es que él me hizo sentir avergonzado de ser mexicano.

Yo mencioné mi recuerdo durante nuestra discusión del video que acabábamos de ver, y una colega señaló que yo había personalizado la discusión del racismo como parte del proceso llamado el “enfoque o análisis default” que le enseñamos a los participantes en nuestros entrenamientos sobre abogacía en los medios.

Este enfoque, o manera de ver el mundo, pone la responsabilidad de nuestra buena salud  en los individuos y falla en incluir todas las instituciones y sistemas establecidos que minan nuestra salud, tales como las políticas públicas racistas  y excluyentes que impactan más a las comunidades de color de bajos ingresos. Este enfoque es especialmente problemático porque si los problemas de salud son definidos solamente como cuestiones de responsabilidad personal, la gente no verá como las circunstancias que rodean a las personas también afectan su salud.

Pero yo propongo que para las personas de color, tú tienes que “sentarte” con el racismo  y otras formas de discriminación antes de que puedas re-definir la discusión para darle entrada a las manifestaciones ambientales o estructurales de la opresión. Algo tan profundamente personal y con tanto impacto como el racismo simplemente no es procesado en términos sistémicos. Pero utilizar un lenguaje que mueve el racismo de lo personal a lo estructural es clave para mostrar como el cambio en las políticas públicas puede corregir las injusticias experimentadas por poblaciones enteras.

Como hijo de inmigrantes indocumentados, fue mi experiencia personal con la política migratoria de inmigración la que alimentó tanto mi pasión como periodista y promoción por una cobertura justa y balanceada durante el contencioso debate sobre inmigración a mediados del 2000, cuando yo era el reportero para el ahora extinto Rocky Mountain News.

Yo abogué para que se dijeran las historias de los inmigrantes en nuestra cobertura sobre inmigración, una omisión evidente en la prensa de Colorado. Formé un comité para detener el uso del deshumanizante termino “ilegal(es)” como sustantivo en el periódico, especialmente en los encabezados. Como miembro de toda la vida de la Asociación Nacional de Periodistas Hispanos, solicité a la organización a que llamará a poner fin al uso de ese término.

Mientras tanto, continué diciéndome a mi mismo: “Nadie le va a decir a mi mamá ilegal”. Quiero pensar que yo fui parte del movimiento que creció hasta ganar apoyo a gran escala de una variedad de grupos y organizaciones, tales como el Centro Para la Investigación Aplicada (Applied Research Center) que lanzó la campaña “Drop the I-Word” (Abandona la palabra-I) en el 2010 para remover “illegals” del uso diario y del discurso público.

A principios de este año, la Prensa Asociada (Associated Press) anunció que iba a quitar la frase “illegal immigrants” de su libro de estilo, el cual es la guía definitiva para reporteros y editores en la industria periodística.

Entonces, hay dos lecciones aquí (ya he escrito acerca de una de ellas antes en ingles): Permite que el dolor personal por la injusticia racial y la opresión alimente tus esfuerzos de abogacía – sólo asegúrate de conectar tu historia con el cambio institucional.

Y recuerda, el cambio toma tiempo.